“Me gustaría saber qué pasa realmente en un libro, cuando está cerrado. Naturalmente, dentro hay sólo letras impresas sobre el papel. Pero, sin embargo… Algo debe de pasar, porque cuando lo abro, aparece de pronto una historia entera. Dentro hay personas que no conozco todavía; y todas las aventuras, hazañas y peleas posibles… Y a veces se producen tormentas en el mar o se llega a países o ciudades exóticos. Todo eso está en el libro de algún modo. (Pero) para vivirlo hay que leerlo: eso está claro. Pero está dentro ya desde antes. Me gustaría saber de qué modo”. Podemos transformar el mundo en un universo de bolsillo. Michael Ende, que está convencido de ello, le hace decir estas palabras al pequeño lector de su libro “La historia interminable”.
No es la primera vez que utilizo este título para un trabajo. “Devoradores” de libros, una palabra que ya usó Goethe hace mucho tiempo en la “Autobiografía” de su juventud. Devorar es “comer algo con avidez, con ansia”. Y hoy lo he querido reiterar aquí, porque creo que sigue siendo necesario. Es una de las buenas adicciones que hay y de las pocas que vale la pena alentar, porque esta ansia se contagia.
El académico Antonio Muñoz Molina, el primer ministro británico Tony Blair y varios estudios académicos han reiterado la necesidad de embeberse entre líneas y más líneas de letra impresa. No de los best-sellers, que pasan sin dejar rastro, sino de los clásicos: de los libros que han dejado una huella imperecedera. Un clásico es un contemporáneo permanente. Incluso un conocido escritor, Graham Greene –autor de “El tercer hombre”–, escribió que “nuestra vida está hecha más por los libros que leemos, que por la gente que conocemos”. Lo que leemos deja una huella más profunda, permanece de forma más imborrable en la memoria y, después, en nuestras vidas. Los buenos escritores son los arquitectos de la historia. “No existe ninguna prueba de calidad literaria salvo la supervivencia, que es –en sí misma– un índice de opinión mayoritaria”, una especie de referéndum universal e intemporal (George Orwell).
En Inglaterra, una votación entre 25.000 británicos ha escogido el libro “El Señor de los Anillos”, de Tolkien, como el mejor del siglo XX. Y eso que se trata de un libro con más de 1500 páginas. Sus editores se sorprendieron de que un libro de aventuras para niños, triunfara también entre adultos. Y lo sigue haciendo. El mismo Tolkien pensaba que “si el cuento como género merece ser leído, es digno de ser escrito y leído por adultos”. Por cierto, que su traductora al castellano, la argentina Matilde Horne, vive –con 84 años– desde hace 20 en la isla de Ibiza.
El propio autor de best-sellers Stephen King, cuando dice que “mis libros son el equivalente literario a un ‘Big Mac’ (de MacDonalds) con una gran ración de patatas fritas”, se hace el harakiri literario. Los libros-basura no sirven para educar, ni para culturizar, ni tampoco para humanizar al que los lee. Son libros de usar y tirar, como los kleenex o los envases desechables.
La literatura es un tesoro infinito de sensaciones, de experiencias y de vidas. Gracias a los libros, nuestro espíritu puede romper los límites del espacio y del tiempo. De tal manera que podemos vivir a la vez en nuestra propia habitación y en las playas de Troya; en las calles de Nueva York y en las llanuras heladas del Polo Norte. Es una ventana y también un espejo. Es necesaria, aunque algunos la consideren un lujo. En todo caso, pienso que es un lujo de primera necesidad:
Como decía Aristóteles, “leer las gestas de los héroes del pasado resulta fundamental para la educación de un joven… El lector se siente movido a la admiración de las grandes y nobles gestas, por la generosidad de quien ha pasado por sus padecimientos y dado su vida (..) por los propios ideales; o ha expiado hasta el fondo sus errores, o los de sus antepasados”. Lo mismo se podría decir de todos los dramas de Shakespeare que, como las dos obras básicas de Homero, proponen todos los modelos: los del heroísmo, la resistencia al dolor, el honor y el respeto a la palabra dada, y el sacrificio hasta la entrega de la propia vida. El autor de “Romeo y Julieta” presenta las grandes cuestiones morales de un modo crudo, muy desnudo y muy honesto, de modo que resultan bastante inquietantes. Como ha dicho el director de cine Kenneth Branagh, “Shakespeare mantiene un espejo frente a la naturaleza humana. Y fuerza a los personajes a mirarse a sí mismos al desnudo, en momentos emocionales muy dramáticos”. Así que, al leer sus obras o verlas en el cine, nos sentimos obligados a hacer lo mismo con nuestro interior.
Un filósofo escribió que “desistir de los clásicos es, en cierto modo, quemar el pasado en la chimenea frívola de la impiedad” (R. Yepes).
El esfuerzo personal por leer.
La lectura es una convivencia sutil entre el escritor y el lector; es una experiencia compartida, que enriquece a pesar del empeño que conlleva: no hay lectura de un libro sin esfuerzo del lector. En uno de sus más recientes chistes, Forges muestra a dos de sus personajes paseando por el campo. Uno de ellos dice: “Con tanta tele, me temo que leer, lo que se dice leer, la gente ya sólo lee la fecha de caducidad de los yogures”. El otro le contesta: “Temo desilusionarte: las fechas de caducidad no se leen; se miran”. Y el primer personaje le contesta: “Pues más a mi favor”.
Un gran libro debería dejarnos en herencia muchas experiencias, y algo cansados al final. Porque leyéndolo vivimos varias vidas y eso consume energías. Pero está al alcance de cualquiera.
“La tarea del que se dedica a introducir a los niños y a los jóvenes en el reino de los libros es enseñarles que éstos no son monumentos intocables o residuos sagrados, sino testimonios cálidos de la vida de los seres humanos, palabras que nos hablan con nuestra propia voz y que pueden darnos aliento en la adversidad, y entusiasmo o fortaleza en la desgracia” (Muñoz Molina). Incluso Ortega y Gasset decía que los grandes escritores nos copian, porque al leerlos descubrimos que nos cuentan nuestros propios sentimientos y que piensan ideas que nosotros mismos estábamos a punto de pensar.
Pero aunque la lectura resulte necesaria, eso no implica que cualquiera pueda escribir o leer libros sin esfuerzo. De hecho, desde hace años ha cundido la superstición irresponsable de que el empeño, la tenacidad, la disciplina y la memoria no sirven para nada. Y de que, por lo tanto, cualquiera puede hacer cualquier cosa a su antojo, como por arte de magia. Lo que hoy se llama ‘lo lúdico’ se ha convertido en una categoría sagrada. “Del aula como lugar de suplicio –ha escrito un académico español-, se ha pasado a la idea de la clase como permanente guardería, lo cuál es una actitud igual de estéril, aunque mucho más engañosa, porque tiene la etiqueta de la renovación pedagógica”.
La lectura requiere esfuerzo, especialmente un empeño inicial de concentración y de interés; una actitud más activa y operativa que la que requiere, por ejemplo., un video-juego. Posteriormente, si la lectura no se frustra y está bien elegida, la compensación del esfuerzo es enormemente superior. Y es probable que aquel lector no necesite más impulsos externos para leer: porque habrá captado la gratificación que produce lo literario. Como consecuencia, la persona crece en su capacidad de expresión y de entendimiento de los conflictos que le envuelven y, es probable, que también cuente más con la fuerza de la palabra para solucionarlos. Y que no hable con el lenguaje de la fuerza.
Diez mandamientos para odiar la lectura (Decálogo del mal lector)
1.- Niño, lee; no veas la televisión.
2.- Niño, lee; para que aprendas gramática y redacción.
3.- Los libros son verdad; los comics son violencia y maldad. 4.- Niño, lee libros de conocimiento; no sólo cuentos.
5.- Niño, saca la moraleja. Todo libro una lección enseña.
6.- Desarrolla tu inteligencia y escribe el resumen del libro en tu libreta.
7.- No juegues: coge un libro y lee.
8.- El libro es educación, y nada de juego y diversión.
9.- Como sigas así de inquieta, te mando a la biblioteca.
10.- Yo leería libros de gran calibre,… si tuviera tiempo libre.
Siguiendo este decálogo, conseguiremos que los chavales digan: “Abuelo, ¡qué rollo leer!”, que es el título de un libro de reciente aparición, dirigido a locos bajitos de 8 años en adelante. Pero ya en el lejano año 1904, el Conde de las Navas escribió la obra “Amigos y enemigos del libro”. O sea, que el problema no es nuevo, sólo distinto.
Leer, ¿desde cuándo?
El pensamiento se articula, se expresa y se contiene en las palabras. A veces, como en la palabra escrita, esa expresión puede alcanzar una incomparable precisión y riqueza de matices. Por ello, la lectura es una de las grandes instancias educadoras: al leer, recorro el mismo camino mental que el escritor. Él abrió la senda y yo sigo sus pasos: me lleva de la mano. “(…) En la lectura se puede volver atrás para comprobar la coherencia del texto: puedo pensar sobre lo que leo y entablar un diálogo o polémica con el autor. Le puedo decir: ‘¡no estoy de acuerdo!’, y enfrentarle con mis propios argumentos. Si la lectura predispone a pensar, en cambio la TV, obligada a contentar a todos, forma cabezas planas, privadas de matices y sutilezas, sin gusto por la libertad de pensamiento” (J.R. Ayllón. ’Desfile de modelos’, pp. 198-199).
Un gran actor, Chartlon Heston, en sus “Memorias”, cuenta lo que hacía con su hijo mayor Fray: “Cuando era pequeño, yo solía leerle en voz alta todas las noches, como hacen la mayoría de los padres”. Después añade: “Cuando Fray tenía unos cuatro años decidí que era hora de leerle una novela de verdad: “La isla del tesoro”, que en realidad no es un libro para niños. Es el recuerdo adulto de una experiencia infantil. Le leí a Fray un capítulo cada noche y le encantó. Finalmente terminamos la última página y le dije: “Bueno, aquí termina la historia. Ahora vamos a buscar algo para empezarlo mañana por la noche. ¿Qué te gustaría? -“¡Volver a leer ésta!”, dijo Fray. “Así que la leímos otra vez, desde el principio. Me parece que releímos el clásico de Stevenson cuatro veces más. Llegó un momento en que ya podía leerlo él solo. Y así lo hizo. Creo realmente que ‘La isla del tesoro’ estuvo germinando dentro de él durante todos los años que pasó aprendiendo su oficio en el rodaje de exteriores en diversas partes del mundo” (‘Memorias’, p. 576).
Si retrocedemos un poco en el tiempo, llegamos a Grecia: ¿Saben ustedes cuál fue el primer regalo que le hizo el gran filósofo Aristóteles a su nuevo alumno, luego el célebre Alejandro Magno? Un ejemplar de “La Odisea” y otro de “La Ilíada” en papiro, que él mismo había encargado a un copista. El regalo entusiasmó al príncipe de 13 años de edad. Y Alejandro, que descendía por parte materna de Aquiles, el héroe de “La Ilíada”, guardaba este poema habitualmente debajo de la almohada. Y le dedicaba siempre los últimos momentos de la jornada.
Otro escritor, el francés Emile Zola, contaba que aunque “mi rendimiento en la escuela fue desigual,(..) Durante el último año de estudiante hice amistad con dos compañeros que, –dice– contribuyeron a hacer de mí lo que soy ahora.(..) Siempre que podíamos nos apasionaba salir al campo, recorrer las orillas de un arroyo y leer durante horas toda la literatura de ficción que caía en nuestras manos, a la sombra de un árbol…” (“Grandes entrevistas…”, p. 156).
Redescubrir el placer de leer.
Pocas veces se ha descrito el goce por la lectura tal como lo narra el protagonista de “La historia interminable”, como ese vértigo que expresó así su autor, Michael Ende:
“Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado…”. “Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque papá o mamá…le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse…”.
“Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa, y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecía vacía y sin sentido…”.
“Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces”: “Miró fijamente el título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso era exactamente lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡Una historia que no acabase nunca! ‘El libro de todos los libros’”. Unamuno hablaba en “17 ó 18 lenguas, si no correctamente, al menos lo bastante bien para enterarme de cuanto en ellas se ha escrito que merezca la pena, o el placer de ser leído”. Y, claro, cuando murió de repente, estaba sentado en su camilla y rodeado de sus libros; con la cabeza doblada sobre el crucifijo que llevaba siempre colgado del cuello, debajo de su camisa blanca.
El Premio Nobel hindú Rudyard Kipling, en su juventud, conoció en casa de unos amigos a su colega Mark Twain, ya autor consagrado. Y cuenta que, al verlo, pensó: “Aquél era el hombre al que había aprendido a amar y admirar desde miles de millas de distancia” (India a EE.UU.). Por eso, Kipling añadió que “era un momento para atesorarlo…” (“Grandes entrevistas…”, p. 116).
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