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Opinion - Ante la proximidad de la Semana Santa ¿Qué nos pide el Papa Francisco?

Ante la proximidad de la Semana Santa ¿Qué nos pide el Papa Francisco?

Por: 
Carlos Cervantes Blengio, pbro.

Dicen los expertos que el Papa Francisco pasará a la historia como el Papa de la Misericordia divina.  Su reciente visita a nuestro país  será muy difícil de  olvidar. No tanto porque hayan sido  momentos espectaculares,  sino  porque la sencillez del Pontífice  ha abierto el camino al corazón de todos los mexicanos. Llega el momento de asimilar su mensaje, meditarlo pausadamente en la oración y sacar consecuencias. A este propósito, si  en este momento nos preguntáramos ¿qué pide el Papa a todo el orbe católico para los días Santos que se avecinan? No es difícil responder pues hay un hilo conductor a lo largo de todas sus enseñanzas desde que fue elegido Vicario de Cristo: acudir a la Misericordia divina como el gran recurso para experimentar la bondad de nuestro Dios.

Resulta enormemente significativo que los días 4 y 5 de marzo el Papa Francisco haya convocado la jornada "24 horas para el Señor" con el deseo de acercar a muchas personas al sacramento de la Reconciliación, entre ellas muchos jóvenes "quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida".

En la Bula de convocación del Jubileo de la Misericordia, el Papa Francisco escribió: "La Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios (...) De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior”.

Estas palabras, con las que el Papa Francisco ha concedido y precisado la indulgencia que se puede obtener con ocasión del Jubileo extraordinario de la Misericordia, nos permiten captar cuál es, según la intención del Papa, la experiencia que este tiempo privilegiado quiere favorecer en cada creyente: la de un encuentro personal con ese Padre que es rico en gracia y misericordia, que en su Hijo se hace cercano para cada hombre, con ternura y perdón.

Esta experiencia de misericordia, nos dice el Papa, es sobre todo para todos los creyentes. Se muestra como la condición necesaria para que la fe se fortalezca y el testimonio sea cada vez más eficaz. No creo que sea posible infravalorar estas palabras. De hecho, la experiencia de la misericordia recibida a través del sacramento de la penitencia o confesión nos permite acoger ante todo por nuestra parte, como creyentes, la invitación a redescubrir y reconocer la misericordia de Dios por nosotros.

Del vivo deseo de que los fieles cristianos experimentemos la misericordia divina durante este Año Jubilar   derivan las normas dictadas por el Papa Francisco. Entre ellas se destaca la posibilidad de que todo sacerdote –y no solo los explícitamente delegados para esta tarea por el Obispo local– pueda absolver de la excomunión ligada al delito de aborto. El objetivo es que cualquiera que desee reconciliarse con Dios  pueda descubrir que es Dios mismo el que nos precede, buscando a cada hombre para reconciliarse con él. No hay de por medio ninguna   voluntad de disminuir la importancia de delitos tan graves como la eliminación de una vida naciente, sino sencillamente  la firme decisión de acoger  la voluntad salvadora  del nuestro Dios. Se trata de que seamos conscientes de que la voluntad divina de perdonar  es más fuerte que todos  nuestros desamores y desatenciones, aún más tenaz que todas nuestras debilidades.  En este sentido es muy significativo como Santa  Faustina Kowalska –religiosa polaca que tuvo revelaciones particulares sobre la Divina Misericordia- escuchara de Cristo en  su oración estas palabras: “Faustina, los hombres  pueden cansarse de pecar, pero Yo no me canso de perdonar…”

Por otro lado, a nadie se le oculta como todos los días, los diversos  medios de comunicación nos ponen delante hechos terribles: violencia por todas partes, guerras, injusticias, abusos, egoísmos,  venganzas…Este triste espectáculo no es más que la consecuencia más evidente de la existencia del pecado y los desórdenes que el mal moral provoca en la vida de las personas y de la sociedad. Ante tan lamentable panorama, no falta quien opina que el  mundo es así (malo). El cristiano sabe perfectamente que el mundo no es malo y que hacer el bien no es inútil. Por el contrario, el bien existe y es mucho mayor que el mal y que vivir rectamente, por amor y con amor, vale verdaderamente la pena. Precisamente por esto, experimentar la misericordia divina a través de la confesión hace posible que nos purifiquemos en lo personal y, de manera indirecta, purifiquemos el mundo con nuestro arrepentimiento sincero. Cuando los corazones de los hombres se purifican a través de la confesión, la sociedad gana en calidad humana y cristiana.

A los reformadores sociales que proclaman  de muchas maneras la necesidad de cambiar las estructuras políticas y sociales de nuestro mundo habría que recordarles lo que señala certeramente la Beata Teresa de Calcuta: “Hay que empezar por cambiar al hombre. La culpa de las injusticias (que afligen a la sociedad) es de nuestro egoísmo, soberbia, avaricia…” La confesión sacramental es el método  divino –y humano-  de cambiar los corazones. Cuando el corazón humano mejora, la sociedad mejora positivamente.

 ¿Por qué hay que confesar a un sacerdote los propios pecados y no  puede hacerse directamente a Dios?, cabría preguntarse. En realidad, cada vez que uno se confiesa, se está dirigiendo siempre a Dios. El hecho de que sea necesario hacerlo también ante un sacerdote nos lo hace comprender el mismo Dios: al enviar a su Hijo con nuestra carne, demuestra querer encontrarse con nosotros mediante un contacto directo, que pasa a través de los signos y los lenguajes de nuestra condición humana. Así como Él salió de sí mismo por amor nuestro y viene y nos “toca” con su carne, también nosotros estamos llamados a salir de nosotros mismos por amor suyo e ir con humildad y fe a quien puede darnos el perdón en su nombre con la palabra y con el gesto instituidos por Dios mismo para este efecto. De forma semejante a como Cristo se abaja a lavar los pies de sus discípulos en la Última Cena, se ofrece a lavar nuestros pies manchados por el lodo de este mundo.

Sólo la absolución de los pecados que el sacerdote nos da en el sacramento de la Penitencia puede comunicarnos la certeza interior de haber sido verdaderamente perdonados y acogidos por el Padre que está en los cielos, porque Cristo ha confiado al ministerio de la Iglesia el poder de atar y desatar, de  admitir o excluir de la Iglesia por Él fundada (cf. Mateo 18,17). Es Él quien, resucitado de la muerte, dice a los Apóstoles: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos» (Juan 20,22-23). Por lo tanto, confesarse con un sacerdote es muy diferente de hacerlo en el secreto del corazón, expuesto a tantas inseguridades y ambigüedades que llenan la vida personal. En el fuero de la conciencia nunca sabremos verdaderamente si quien nos “tocó”  fue la gracia de Dios o nuestro psiquismo interior. Importa muchísimo saber si quien nos perdona somos nosotros o Dios por la vía que Él eligió. Sólo después de la absolución sacramental en la confesión estamos en condiciones de experimentar la maravilla de la Misericordia divina que nos recibe como al Hijo pródigo, nos devuelve la dignidad perdida por el pecado y hasta una fiesta organiza como manifestación concreta  de inmensa alegría que supone para Él nuestro regreso a casa (cf Lucas 15, 11-24).

Todos tenemos una gran necesidad de la Misericordia amorosa de Dios. Una simple mirada a nuestra existencia personal nos hace ver que  en cada uno de nosotros está presente el deseo vivo de hacer el bien. Ese deseo noble de obrar el bien choca con la propia debilidad, que con mucha frecuencia nos inclina al mal que no deseamos. Por mucho que podamos desear hacer el bien, la fragilidad que nos caracteriza a todos nos expone continuamente al riesgo de caer en la tentación.

El apóstol Pablo describió con precisión esta experiencia: «Hay en mí el deseo del bien, pero no la capacidad de realizarlo; en efecto, yo no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Romanos 7,18s). Es el conflicto interior del que nace la invocación: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» (Romanos 7, 24). A este clamor responde de modo especial el sacramento del perdón, que viene a socorrernos siempre de nuevo en nuestra condición de pecado, alzándonos con la potencia sanadora de la gracia divina y transformando nuestro corazón y nuestros comportamientos. Por ello, la Iglesia no se cansa de proponernos la gracia de este sacramento durante todo el camino de nuestra vida.  A través de la confesión, Jesús  se hace cargo de nuestros pecados y nos acompaña, continuando su obra de curación y de salvación que comenzó hace veinte siglos y continúa ahora en nosotros.

La confesión pone al hombre frente a un Padre misericordioso siempre dispuesto a perdonarnos todos nuestros pecados, por graves que éstos sean y a devolver con generosidad su amistad desinteresada. Es éste el sentido de la parábola evangélica del hijo pródigo (Lucas 15, 11-32), tan conmovedora en la descripción de la actitud del Padre que espera ansiosamente el retorno de su hijo, cuyo pecado es puesto al mismo nivel de la muerte: “Tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Una de las experiencias humanas más profundas que el hombre puede tener es sin duda la de sentirse hijo de un Padre que; en vez de acusar o de echarnos en cara la malicia que supone el pecado, se llena de alegría por habernos encontrado.

De no haber mediado la revelación hecha por Cristo, el hombre no habría siquiera sospechado hasta qué punto el pecador está siendo esperado ansiosamente por un Padre que es capaz de “echar la casa por la ventana” de la pura alegría de tener nuevamente a su hijo consigo.

 Jesucristo señala ciertamente que se perdonarán todos los pecados, excepto los cometidos en contra del Espíritu Santo. En realidad, los pecados contra el Espíritu son aquellos en los que es el hombre mismo el que rechaza el perdón de Dios, como cuando estando a punto de morir rechaza la atención espiritual que el sacerdote  ofrece. En realidad “no hay pecado que no se pueda perdonar” (Juan Pablo II). Pero he aquí que el hombre es capaz de cerrarse a ese perdón. De manera semejante al hecho de que “es imposible dar de beber al caballo que no tiene sed”, el perdón generosísimo que  Dios ofrece a todo hombre se estrella contra los corazones endurecidos.

Por mi parte, puedo decir que una de las recomendaciones que recibí recién ordenado sacerdote fue que, como confesor, estuviera siempre dispuesto --a tiempo y a destiempo--, a  atender en confesión a quien solicitara ese perdón, tan  necesario  para vivir y ¡para morir! En ocasiones, he podido observar con asombro exhalar el último aliento de un cristiano en trance de muerte después de escuchar las palabras de la absolución. Sin lugar a dudas, ¡se  trataba de la hora de Dios en su vida!

Aguascalientes, Ags., 1º de marzo de 2016.