Opinión

Ruta
Investigación
Opinion - VALOR DE LA POESÍA EN LA EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS

VALOR DE LA POESÍA EN LA EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS

Por: 
Dra. Ethel Junco de Calabrese

La poesía en la primera infancia

 

El niño comienza su derrotero por el campo del conocimiento; no lo hace solo, no existe hoy posibilidad para la mente en blanco, pues los estímulos con que inicia su escolarización son vastísimos.

 

Sería redundante reflexionar aquí acerca de la visión del mundo que ya lo condiciona desde sus primeros años a través de la cultura del oído y de la imagen; y no menos redundante, señalar su dudoso contenido, su esquema simplificado –cuando no subvertido- de la realidad.

 

Frente a estímulos existentes y difícilmente rebatibles, podemos ofrecer, como una propuesta más en la pluralidad, un camino educativo que incorpore la poesía, en tanto visión y celebración de las cosas. Que el niño no carezca de la posibilidad de escuchar, también, aquello que se funda en la armonía y apunta a la belleza como gozo de lo perfecto, además de recorrer las otras formas de relación estética con el mundo, que voluntaria o involuntariamente se le presentarán.  Se trata de dar la opción de un antídoto que introduzca a una perspectiva del mundo desde la eternidad, y que brinde un horizonte donde la belleza y el misterio se aúnen en la voz privilegiada del poeta.

 

Ofrezcamos, entonces, un cayado para recorrer del mundo, mundo que primero habitarán nuestros niños y luego refundarán como hombres, en la contemplación o en la acción. El cayado de la poesía como perspectiva posible que contrapese las otras sendas del ruido, la ideología o la trivial moda. Develarle al hombre en crecimiento que, antes de la realidad virtual, hay una realidad simbólica que puede intuir.

 

Un modo de evangelizar la cultura supone reformular las áreas del saber, para que orienten  hacia la paulatina percepción de un fundamento trascendente en el orden natural; el pragmatismo de los contenidos, el exclusivismo de los métodos, son desorientadores. ¿De qué podría servir la estrategia brillante de transmisión de un conocimiento  cuando la substancia  a comunicar  es vacua, ambigua o insignificante?

 

El arte es eficaz instrumento para tal reformulación, al orientar la sensibilidad hacia la belleza, la inteligencia hacia la verdad, creando en el alma del hombre la nostalgia de un  bien siempre mayor, de Dios mismo.

 

 

Las muchas dificultades de enseñar poesía...

 

En una sociedad que renuncia a diario a su racionalidad –y, por ende, a su lenguaje humano- que propende la simplificación instintiva, cuyas expresiones estéticas son un reflejo del  sistema de poder, y la consagración artística respeta las leyes del marketing, la aparición de ideas independientes es condenada por sospechosa; en este contexto, la poesía sencilla, pero tradicional, es un raro vestigio de épocas y mentalidades arcaizantes.

 

Enseñar poesía ha quedado perimido con los magníficos mecanismos de actualización, interacción, transversalidad y virtualidad, según nos informan los medios masivos. Hoy se reemplaza el verbo “educar” por el de “capacitar”, y para capacitar, es natural, hay que responder a las urgencias de un presente que exige respuestas eficaces al mundo laboral y subyuga con mensajes de placer insaciable. En ambos casos, opresiones a la libertad. Bueno, es obvio que la poesía no sirve afortunadamente para ninguno de estos dos mandatos.

 

La poesía, en su noción más absoluta, la de “poesía pura”, que está en la base de toda variante lírica -con su manifestación penetrante de las cosas- tiene un don de gratuidad que no se interpreta ni agota. Recordemos que “poesía pura” es ni más ni menos que palabra, expresión de la inteligibilidad humana, y palabra, al decir de Martín Heidegger es “la morada humana del ser”. 

 

¿Dónde habitamos en forma perfecta, sino en nuestras palabras? ¿Dónde buscar lo que somos, sino en nuestro lenguaje? ¡Qué valioso fermento para un niño proveerlo de un horizonte de palabras!

 

 

...o la facilidad de enseñar poesía en la infancia

 

Nada más natural que enseñar poesía en la infancia; de hecho, la primera relación del niño con el mundo puede ser lírica: las nanas, los arrullos, el canto materno en las largas horas de la noche están poblados de pequeños y claros poemas, puro ritmo y melodía, que buscan transmitir una armonía necesaria para que el bebé duerma o se serene, en todo caso, esté en consonancia con el mundo.

 

En los primeros años la  convivencia con lo bello –sustancia de la poesía- permitirá atisbar al niño un orden en las cosas, una armonía en la realidad, que será conducente hacia la intuición de un orden superior.

 

La poesía para el niño no debe ser teórica, ni abstrusa, ni hiper-simbólica; debe surgir de una cosa, de cualquier cosa simple que él reconozca  y desde allí, crecer hacia su conexión con todo el orden de  la realidad. Los grandes poetas saben que no hay cosas-palabras triviales, que todo puede ser poético. En el “puede ser” hace falta, justamente, la acción superior del buen artista. Sólo el verdadero poeta puede efectivizar esa transición entre el objeto material –en tanto excusa para la experiencia poética- y esa nueva criatura de la expresión,  que es el poema.

 

La dificultad o la facilidad de llevar poesía a los niños depende de dos condicionantes, terribles si  no se cumplen: el poeta elegido para enseñar y el docente, mediador en la aventura poética.

 

 

Los niños no entienden la poesía

 

Los adultos tampoco.

En general, son muchos más los estímulos que recibe el niño que los que comprende. Recordemos cuánto nos tranquiliza como padres, frente a la escena de la televisión pensar que, después de todo, no “entienden” por completo lo que ven...

 

La captación de una obra de arte, por pequeña que sea, tiene niveles y nunca es global, sino paulatina. Se producen, antes bien, percepciones intuitivas, que son distintas aún en un grupo homogéneo de lectores o de oyentes. Decir, por ejemplo:

 

La luna viene a la fragua

con su polizón de nardos

el niño la mira mira

el niño la está mirando...

 

No producirá un efecto contundente en todos los receptores y, mucho menos, homogéneo. De ahí también, su potencialidad.

 

La asimilación de lo bello en la experiencia estética es relativa siempre a múltiples condicionantes, tanto de la sensibilidad como de la inteligencia de quien la recibe, y no es - no debe ser- idéntica en cada circunstancia.

 

La pregunta para el adulto sería ¿entendemos a Dante o a  Fray Luis de León en la lectura analítica? y, aún si los entendiéramos ¿los agotaríamos? Si así de simple fuera, estaríamos vaciando la esencia del arte en su vinculación belleza-misterio con la simple aplicación de un buen método.  Si la belleza es una cifra del misterio, no podemos exprimirla en una interpretación racional, así como tampoco el hombre  puede expresarla plenamente en su traducción artística.

 

Pero, es preciso iniciar el camino de lectura ingenua, irregular, a tanteos, para acostumbrarse a ese sentido de lo humano que nos reclama atención y que nos da otro mensaje; si consideramos la percepción sensible del niño y su relación a-crítica con el misterio, está en óptimas condiciones para comenzar a escuchar y gozar; paulatinamente entenderá, y en cada nueva lectura su comprensión será distinta y más acabada. Pero está en nosotros acostumbrar el oído y la sensibilidad para una experiencia a contramano de su contexto.

 

La educación del campo auditivo es una operación abandonada; en la música o en el lenguaje, la audición se ha convertido en un ejercicio violentado. La elección de buenos autores, cultores tanto del fondo como de la forma poética, es introductoria para la educación del gusto y para promover una sensibilidad estética.

 

Pero esto es lo menos importante. Más significativo es que la experiencia del ritmo como principio de armonía, trasciende lo estético y prefigura una imagen del mundo, probablemente la que el niño asuma  para transformar la realidad futura. Diferente espejo de la realidad ofrece Vivaldi que el rock heavy.

 

 

La poesía no es algo infantil

 

El concepto de “Literatura infantil” es una clasificación moderna, contradictoria a veces, y no creemos que indispensable.

 

Durante generaciones los niños se educaron sobre la base de los grandes textos de la literatura universal, no dirigidos inicialmente para ellos. De los buenos autores se pueden seleccionar las composiciones más acordes a las edades del niño, ofrecérselas y luego esperar que esa semilla germine según sus tiempos  y un apropiado riego. El concepto técnico se llama “anticipación”: decir más de lo que se puede entender  y esperar; es  lo que practicaban los griegos hacen más de 2000 años, cuando les recitaban Homero a los niños que luego hicieron el Siglo de Oro.

 

 Hoy asistimos a la paradoja de que  los estímulos externos  adelantan la edad cronológica del niño, poniéndolo prematuramente en un entorno de violencia, sexo y droga, “mundo adulto” diríamos;   pero ese mismo niño no está en condiciones de leer a un poeta, porque no es apropiado para su edad,  no lo entendería y no le gustaría (Descontamos que tampoco es apropiado, entiende o gusta  lo anterior, simplemente se le da porque sirve a intereses más organizados que los nuestros).

 

El desafío de una experiencia de recreación de textos poéticos –sin duda, los más complejos- es primero para el adulto; éste deberá ser apoyatura y guía en el tránsito por la lectura, y  más allá de compartir los criterios aportados o de refutarlos, debemos convenir en la urgencia de formar hombres cultos requiere de fórmulas drásticas. No desatendamos símbolos que por repetidos pueden quedar sin significar: Dante necesitó a un poeta de guía, al más grande, no a cualquiera, porque su camino no buscaba cualquier fin,  lo buscaba a Dios mismo.

 

La propuesta es hacer silencio, si es posible sentarse bajo un árbol, y leer, una, dos, tres veces el mismo poema, para luego  reposar en el silencio renovado.

 

Y ante todo, que esta experiencia se nos haga natural, puesto que:

 

 

“La poesía es la lengua materna del género humano”

 

Benedetto Croce.