MENSAJE DEL RECTOR GENERAL CON MOTIVO DEL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER 2015

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MENSAJE DEL RECTOR GENERAL CON MOTIVO DEL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER 2015

Aprovecho el marco del Día internacional de la mujer 2015 para dirigirme a la comunidad universitaria y reconocer la labor que realizan diariamente las estudiantes, profesoras, directoras, asistentes, investigadoras y todas las mujeres que trabajan en nuestra institución.


No se trata de un reconocimiento demagógico, sino de una llamada de atención al respecto de un asunto aún pendiente para nuestra sociedad: la equidad. La polarización al respecto ha desviado la atención sobre el tema verdaderamente importante y que aún no hemos resuelto: igualdad no es uniformidad.


Pretender que la igualdad pendiente entre mujeres y hombres consista en imitar el modo masculino de actuar es, por lo menos, ridículo. Como miembros de una comunidad, cada individuo aporta sus capacidades personalísimas para enriquecer a la sociedad. Aspirar a una identidad de todos supone imponer una única manera válida de ser.


Sin embargo, parece que sólo la homogeneidad —la anulación de las diferencias y peculiaridades propias de cada una y cada uno— garantizaría el trato igualitario en la sociedad.


La igualdad esencial —el respeto y aplicación irrestrictos a los derechos humanos— no inhibe la riqueza personal ni desaparece las diferencias. Es un punto de partida en términos fundamentales y la condición de posibilidad de la vida en sociedad.


Urge una reflexión profunda sobre la importancia de reconocernos como individuos distintos que aportamos el enorme valor de nuestras peculiaridades irrepetibles a la comunidad, donde esos rasgos personales alcanzan su plenitud en beneficio de todos.


Dicho con palabras de san Josemaría Escrivá de Balaguer, “a partir de esa igualdad fundamental, cada uno debe alcanzar lo que le es propio; y en este plano, emancipación es tanto como decir posibilidad real de desarrollar plenamente las propias virtualidades: las que tiene en su singularidad, y las que tiene como mujer. La igualdad ante el derecho, la igualdad de oportunidades ante la ley, no suprime sino que presupone y promueve esa diversidad, que es riqueza para todos”.


La pretensión de una sociedad homogénea va en contra de la pluralidad real. Nuestra aspiración no debe ser a eliminar las diferencias, sino a entenderlas y asimilarlas para enriquecer a la sociedad.


Este aprendizaje ocurre de manera natural en la familia, donde cada persona entiende que no es el único y descubre su individualidad en un entorno diverso, plural y de absoluta libertad. Como señala Carlos Llano, “la familia es el centro de la libertad, el lugar propio de su desarrollo y expansión, porque es el caldo de cultivo de los tres componentes que constituyen la esencia de la libertad: la capacidad de compromiso, la capacidad de renuncia y la capacidad de don de sí”.


Hoy, cuando tan fácilmente cosificamos a una persona, cuando consideramos como opción válida la instrumentalización de un individuo, es cuando más urge comprender en todas sus dimensiones al ser humano. Asumir y entender nuestras diferencias es parte de los retos para aspirar a una vida social más justa, armónica y plena.