Álvaro del Portillo, el testimonio de su hermano

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Álvaro del Portillo, el testimonio de su hermano

Madrid, 26 de septiembre de 2014. Para platicar sobre don Álvaro del Portillo no hay nadie mejor que Carlos, el único hermano que le sobrevive. Lúcido y emocionado al máximo, a sus 87 años, platicó en exclusiva para la UP sobre la próxima beatificación y la vida de su hermano.

 

Carlos nació cuando Álvaro tenía 13 años, por lo que siempre lo vio como un modelo de vida y un ejemplo a seguir. La formación académica y religiosa que su hermano mayor tuvo fue una motivación para que él buscara santificar su trabajo en todo momento y, también, para luchar por ser una mejor persona.

 

En la víspera de la beatificación de su hermano mayor, Carlos lo recuerda como si apenas ayer hubieran sido unos niños. Si bien nunca pudo jugar con él o hacer travesuras, si tuvo la oportunidad de tenerlo como un asesor escolar y, principalmente, como un soporte dentro de la familia.

 

¿Cómo fue la infancia de usted y de don Álvaro?

Entre mi hermano y yo había bastante distancia, porque era 13 años más grande que yo. Cuando yo era muy niño había poca comunicación, pero recuerdo que se sentaba conmigo y me enseñaba a dibujar y, cuando fui poco mayor, me apoyaba en hacer sumas y restas. Es el mayor recuerdo que tengo porque después nos tuvimos que separar por la guerra civil.

 

Más grandes, como a mis 14 años, estaba estudiando yo latín y  él lo hablaba perfectamente. Me empezó a hablar y yo me quedé asombrado. Le pregunté que por qué sabía tanto y sólo me dijo que porque tenía mucha memoria.

 

Y, cuando fueron creciendo, ¿cómo era con usted?

Más grande era una enorme emoción verlo. Yo estaba estudiando en un colegio en el norte de España, cuando recibí una carta de Álvaro que decía que después de haber sido ingeniero de caminos y ya con un doctorado en Filosofía y Letras, se iba a ordenar para sacerdote y me invitó. Le pedí permiso al rector y pude venir a la ordenación.

 

Antes de irse a Roma nos veíamos todos los miércoles. Ya que se fue, lo visité muchas veces y siempre almorcé con él y con san Josemaría y podíamos charlar y me gustaba mucho estar con él, me daba mucha tranquilidad.

 

¿Cuál era la mayor cualidad de don Álvaro como persona?

La paz. La tenía y la transmitía. Siempre se le veía sonriente; cuando me tocaba el hombro, me hacía sentir que todo estaría bien. Desde el punto de vista humano le admiraba cómo podía hacer tantas cosas a la vez, tenía tiempo para todo y no estaba nervioso nunca.

 

¿Cuál es la mejor anécdota que tiene con él?

Cuando estaba en el colegio a los 14 años yo no era un buen estudiante. Una vez me senté con él y le platiqué que tenía la opción de ir a un internado y me dijo que lo pensara bien, porque tenía que ser mi decisión, pero me recomendó que fuera para convertirme en una persona más responsable. Efectivamente, le hice caso y cambié de tener puros cincos a puros dieces.

 

¿Cómo se siente con respecto a que tendrá un hermano beato?

Con mucha emoción. Y cada vez que se acerca la fecha, me da aún más emoción.

 

¿Cómo veían sus hijos a don Álvaro?

Como una gran persona, porque cuando nacieron él ya estaba en Roma y era una persona muy importante.

 

Sabemos que su madre era mexicana. ¿Qué le contaba don Álvaro sobre su sentimiento por nuestro país?

Mi madre era muy mexicana (nació en Cuernavaca) y se sentía así. Nos enseñaba a cantar ‘Verde, blanco y colorado, así es nuestra bandera’. Álvaro lo quería muchísimo y las veces que pudo ir, se sentía muy contento.