UNA OPORTUNIDAD PARA REENCONTRARNOS CON DIOS

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UNA OPORTUNIDAD PARA REENCONTRARNOS CON DIOS

Por Vicente Alberto Saucedo Torres

 

Yo no soy científico, ni médico ni, mucho menos, político profesional. Y, por lo tanto, lo que yo pueda opinar sobre la pandemia del coronavirus es perfectamente prescindible. No sé qué se debe hacer ni qué no. No tengo ni idea. Para eso están los expertos de la comunidad científica internacional.

 

Las epidemias han formado parte de la historia de la humanidad desde sus inicios. Entre las peores, la peste que sufrió Europa entre 1347 y 1351 y que mató a más de la mitad de la población. Pero hubo muchas otras, muchísimas otras.

 

En aquellos tiempos, la sociedad tenía muchos defectos, nadie lo niega, pero también tenía muchas virtudes, muchas de las cuales están adormecidas en nuestra época. Por ejemplo, los vínculos familiares, que eran mucho más estrechos y a prueba de plagas. Cuando se habla de familia no es la unidad familiar básica compuesta por padres e hijos, sino la familia en sentido amplio, que abarca a primos, tíos, tíos abuelos, primos segundos, etc.). Teniendo en cuenta que lo normal era tener varios hermanos, eso significa que, en tiempos de crisis, cada persona tenía una gran familia compuesta por más de cien personas que se querían y apoyaban. Además, debido al reducido tamaño de las ciudades y pueblos, sumado a la dificultad de viajar, la solidaridad entre vecinos era muchísimo mayor. No esperaban a que los gobiernos resolvieran sus necesidades, actuaban conjunta y solidariamente cuando era necesario.

 

En cambio, pienso que esta crisis actual puede ayudarnos a reflexionar sobre algunos puntos en nuestra vida cotidiana.

La primera enseñanza que nos deja el virus está relacionada con un tema que pocas veces tomamos en cuenta: el hombre moderno ha abandonado la racionalidad y la sensatez, y se mueve y toma decisiones teniendo en cuenta solamente las emociones. Tiene razón el Papa Francisco cuando habla de la peste del coronavirus y de la peste del miedo, y esta es mucho más peligrosa que aquella. El miedo —que es una emoción—, desbocado puede llevar a situaciones mucho más graves que la que pueda provocarnos el virus.

 

Citando al psicólogo clínico Mario Guzmán Sescosse: “El coronavirus y la crisis actual no son solo una amenaza, sino también una gran oportunidad. La oportunidad de mostrar que somos cristianos, que confiamos en la voluntad y misericordia de Dios. La oportunidad de mostrar al mundo que los cristianos somos distintos y que en medio del temor colectivo nosotros confiamos en Dios. Que en medio de tanta confusión nosotros buscamos traer alivio a quienes están enfermos del virus o del miedo del virus. Que nosotros no estamos dispuestos a ceder a la histeria colectiva, porque si esto sucede es porque forma parte de un plan mayor al que debemos de contribuir con alegría, paz, amor y ayuda a los más necesitados”.

 

Una segunda enseñanza que podemos tomar en cuenta es recuperar esa sana costumbre de rezar unidos en las crisis.

 

Tengamos fe en que Dios nos puede librar de todo mal, si es su voluntad y si conviene para nuestra salvación. ¿O acaso estamos encerrados en casa y no tenemos ni cinco minutos al día para dedicarlos a Dios? Me llamó la atención y gustó mucho el post de un sacerdote: “No entres en pánico, entra en oración”. Creo que esto nos puede ayudar a mantener la calma en medio de esta pandemia: es muy grato ver cómo la red se ha inundado de incontables videos, consejos y propuestas positivas para afrontar esa eventualidad, tanto de orden social, como familiar y espiritual.

 

En otras palabras, se nos presenta una oportunidad para acrecentar nuestras relaciones familiares y valorar infinidad de pequeños detalles que quizá el ritmo frenético de nuestra vida cotidiana nos ha hecho pasar por alto. Aunado a lo anterior, suscitar una actitud positiva y serena, siguiendo el consejo de San Josemaría Escrivá de Balaguer: “Lo que te quita la paz, no proviene de Dios”.