LA FIDELIDAD A LA VERDAD

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LA FIDELIDAD A LA VERDAD

Dr. Carlos Llano Cifuentes

 

La unidad entre los hombres se consigue en la línea de la fidelidad a la verdad. Pondré un ejemplo cumbre, lo diré con palabras de Andrej Sinjavski, escritor ruso condenado en 1966 a siete años de trabajos forzosos en Siberia: «No hay que creer (en Dios) por una vieja costumbre, ni por miedo a la muerte, ni por temor a las catástrofes, ni porque alguien nos obligue o nos infunda pavor, ni por principios humanistas, ni para salvar el alma, ni para ser original. Hay que creer (en Dios) por la sencilla razón de que Dios existe».

 

Sin embargo, la fidelidad a la verdad, como impulso o motor del diálogo, tiene un correlato operativo difícil, que incide en toda la UP, cuya referencia me temo que será impopular para nuestros alumnos en este momento, pues resultará más bien inoportuna. Lo siento: la fidelidad a la verdad tiene su traducción operativa en el estudio, que no puede ser sustituido por el diálogo, como hoy generalmente se cree. Un diálogo al que no antecede la investigación cuidadosa no pasa de ser una alegre tertulia de compadres, disimulada con empaque de oropeles falsamente académicos.

 

Pero al estudio no le tenemos miedo sólo por el esfuerzo que implica –llega un momento en que hasta ese esfuerzo resulta masoquistamente agradable– sino porque es la piedra de toque para distinguir entre la verdad y la mera opinión. Afirmamos aquello de lo que tenemos objetiva certidumbre; opinamos sobre lo que nos atrae sin atrevernos, por falta de datos, al riesgo de un último juicio.

 

En la UP nuestros alumnos aprenden –tal vez sin ellos advertirlo– que la fidelidad se debe a la verdad, no a las opiniones personales, no a los intereses subjetivos, no a las instancias del provecho. Saben que en ello se encuentra la radical y opuesta diversidad entre el libre pensador, que desea arrogarse el título de pensar como quiere, y el pensador libre que no querría tener más querencia que la de pensar la realidad como tal, absolviéndose de toda perspectiva ajena a la realidad misma. Sabe que, hecha esta distinción, resulta patente que el libre pensador, llevado a su límite, termina en la esquizofrenia. Por eso, si el cristiano afirma desde hace dos mil años que la verdad le hará libre, el hombre de hoy tiene que reconocer con Martín Heidegger, mal que le pese, que la libertad –el liberarse de todo interés subjetivo– le hará verdadero.

 

Nos gusta hablar de nuestra propia opinión, porque es nuestra, porque nos encontramos muy bien con ella. La verdad en cambio nos arranca de nosotros, nos desgaja de nuestro sitio, nos levanta del suelo y pone a la intemperie. Eso es lo que yo querría decirles a los alumnos que hoy reciben la constancia de término de sus estudios finales: no te cobijes bajo tus opiniones, aparentemente seguras; súbete a la atalaya de los vientos para ver el panorama de las extensas posibilidades humanas que se te ofrecen, «no vueles como ave de corral, si puedes remontarte como las águilas». Hay verdades nucleares en las que has de apoyar todo el proyecto de tu existencia, y a las que debes aferrarte si quieres ser libre, y hay opiniones marginales y mudables en las que, si quieres ser libre, no debes empecinarte. Si te guareces bajo tus pequeñas opiniones personales, te creerás seguro en tu cobijo, pero terminarás viviendo, como lo dice el propio Machado, en un «aposento frío» con «desierta cama, y turbio espejo, y corazón vacío». Porque la verdad, al ser de todos, nos abre hacia los demás; mientras que la opinión, por ser nuestra, nos clausura en nosotros mismos.

 

Fuente: Llano Cifuentes, Carlos. Diálogo en la universidad (Extracto). Revista Istmo. 12/05/2015. Texto completo.