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Opinion - ÁLVARO DEL PORTILLO HA SIDO BEATIFICADO Y AHORA QUÉ SIGUE

ÁLVARO DEL PORTILLO HA SIDO BEATIFICADO Y AHORA QUÉ SIGUE

Por: 
Mtro. Pedro Juan Fernández Cueto

La noticia es conocida por mucha gente de diferentes ambientes, porque se trata de una persona que ha sido elevada a los altares que tuvo trato con gente de todas partes, de todo tipo, de costumbres y lenguas diferentes. Esa noticia ha sido ampliamente comentada y divulgada. Viene ahora la obligada pregunta ¿y luego qué? No intentaré responder desde la técnica canónica vistas a una futura canonización (que el beato Álvaro sea santo); trataré por el contrario de responder desde el nivel de la calle, que es en el que nos movemos y trataré de enfocarme a lo máximo en tres puntos.

 

Primero: su legado de paz ahora que el producto se ha vuelto tan escaso, caro y difícil de conseguir, pensemos que podemos (debemos) comunicar paz desde donde estamos y siendo quienes somos. Cometeríamos un lamentable error de pensar que la paz solamente la pueden dar los sacerdotes, las religiosas y alguno que otro Gandhi por ahí, no: nos toca a nosotros porque estamos bautizados y se nos promete desde ahí el Reino de Dios, que es Reino de paz. Paz doméstica, paz laboral, paz familiar, paz entre los amigos, como se ve, la paz abarca todo. No esperemos, porque no nos toca, a los grandes tratados de paz. Sí podemos pedir por ellos y que se cumplan, no nada más que sean letra, sino vida. Paz que necesariamente comunica serenidad, otro bien escaso. Dejar que nos alcance el vértigo de la ciudad, ir deprisa, muy rápido, lo más rápido, pero sin saber a dónde vamos el signo de la época que vivimos. Ojalá seamos gente que sepamos tener rumbo claro y lo sepamos transmitir. No exagero si digo que son muchos los que han perdido el rumbo y a gritos nos piden que les señalemos, que les tomemos de la mano y les ayudemos, nadie dijo que era fácil, pero sí apasionante y meritorio.

 

Segundo: su legado de alegría que se puede resumir en muy pocas palabras, pero fundamentales. Somos hijos de Dios y para nosotros no puede haber nada que nos entristezca. Puede (y de hecho hay) ocasiones en que pudiera parecer que la tristeza nos domine y es cuando debe salir el talante del hijo de Dios y recuperar esa alegría que si queremos, nunca se va, a lo más se puede esconder. Otra vez: alegría en la familia, en el trabajo, con los amigos, pero alegría de hijo de Dios, no de cantina que se va pronto, muy pronto.

 

Tercero: optimismo. Quizá se sepa poco de la vida del nuevo beato en este terreno, pero acometía empresas humanamente imposibles y llegaba a ellas porque era un optimista todo terreno. Lo aprendió bien y rápido cuando en una transacción inmobiliaria, necesaria para la expansión del Opus Dei le dijo a San Josemaría que el dueño pedía el precio en determinada moneda y San Josemaría le respondió rápido y sin titubeos que eso no importaba, pues al no tener ellos dinero, a Dios le daba lo mismo conseguir liras que dólares o marcos. Esa respuesta llena de candor diríamos, llena de ingenuidad, marcó al nuevo beato y bien que lo supo poner en práctica, por ejemplo, secundar a San Juan Pablo II cuando le pidió trabajar en Kazajistán. Supo que no había medios ¿Cuánta gente del Opus Dei que pudiera trasladarse a esas tierras hablaba el idioma o conocía las costumbres?, pero para él eso no importaba, bastaba que lo pidiera el Papa, sabiendo que era Dios quien lo quería, que el mismo Dios se encargaría del resto, como así ha sucedido.

 

Estoy convencido de que si nos empeñamos en meter paz, alegría y optimismo en nuestras vidas, muchas cosas cambiarán. Muchas que no tienen por qué ser grandes. Es en lo poco, pero constante, donde se muestra el talante de las personas. Es ahí donde podremos contribuir a que mi familia sea un centro que irradie paz; es ahí en el trabajo donde los demás esperan que con una sonrisa les digamos ánimo, podemos y podremos, porque no estamos solos. Es ahí donde con sentido del humor podremos sazonar cada una de las jornadas que integran nuestra vida y así abriremos horizontes, así diremos que podemos, porque con Dios todo es posible y esa me parece es una de las grandes enseñanzas del nuevo beato.